Respetar nuestra tradición cristiana y Guadalupana

En esta tarea de respetar la tradición cristiana y de la presencia fundamental de la Virgen de Guadalupe en la vida de las personas, los católicos tienen el deber de siempre resaltar en la vida cotidiana la presencia de Dios, pues su ausencia genera la corrupción de la cultura y la vida moral. La auténtica dimensión religiosa es esencial en el hombre y le permite entender el sentido real de su vida. Cuando se niega la dimensión religiosa de una persona o de un pueblo, la misma cultura se deteriora y corre el peligro de desaparecer.

¿En qué se basa la saludable separación entre Estado e Iglesia?

La Iglesia y el Estado son distintos, en su naturaleza y fines. Cada uno tiene sus propios ámbitos de servicio. Por ejemplo, si bien la Iglesia exige el respeto a la libertad religiosa, no puede opinar en cuanto a soluciones institucionales del Estado. Ante esta sana separación, también aparece la necesidad de la colaboración entre ambos, pues están los dos al servicio del bien de las personas.

La Iglesia, que tiene derecho al reconocimiento jurídico de su propia identidad, se relaciona con los estados a través, por ejemplo, de los concordatos: acuerdos en los que se indican, entre otras cosas, espacios concretos de colaboración mutua.

¿Tienen derecho los laicos a expresarse e influir en la vida pública?

Sí. El compromiso político, en la vida pública, es una expresión de los fieles laicos que debe apuntar siempre al bien común. Esta tarea debe considerarse como un servicio. En la vida política el laico siempre debe hacer presente los principios y valores morales. No hacerlo es faltar a su obligación como católico. Como parte de esta misión, el laico también debe promover leyes y estructuras para defender los valores no negociables: la vida, el matrimonio, la familia y la libertad religiosa, en medio de un mundo que no tiene en cuenta a Dios. En este ámbito político el laico debe buscar, por encima de todo, la verdad. En situaciones difíciles, el testimonio cristiano es un deber fundamental que puede llegar incluso al sacrificio de la vida, al martirio.

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